Reyes Magos, sabios y santos

Reyes Magos

Ellos se dejaron conducir por la luz que Dios puso en sus vidas y recibieron la gran gracia de ver en su vida mortal el Creador de la luz. Sabios, humildes y santos llegaron a Dios y lo adoraron en un Niño pequeño en los brazos de su Madre, una mujer judía de una aldea llamada Nazaret. Bendita sea la Luz de Dios que les permitió ver en la oscuridad la salvación y buscarla en lo sencillo y pobre ante el mundo. Queridos  Reyes Magos: benditos seáis por siempre por vuestra enseñanza: “Apresuraos y poneos en el camino del Amor hacia Dios”.

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Una respuesta a Reyes Magos, sabios y santos

  1. Blanca dijo:

    Hoy, al celebrar la Epifanía del Señor, recordamos a los Reyes Magos. Hay muchas cosas que tenemos que aprender de ellos: su capacidad para ver la estrella, abiertos y vigilantes a la llamada de Dios. Ellos saben distinguir perfectamente los signos de los tiempos. No son hombres distraídos. Escuchan la voz del cielo y la su propio corazón.
    Tienen disponibilidad para dejarlo todo y ponerse en camino. No son hombres instalados, apegados a cosas y lugares, porque viven de la esperanza. Son hombres libres “de” toda atadura y libres “para” todo aventura, hambrientos de luz y de Dios.
    Nos enseñan su constancia en el seguimiento de la estrella. No les faltaron dudas y pruebas en el camino. Ellos pasaron también por la noche, cuando no se ve ni se siente ni se entiende nada; lo difícil de la noche, cuando Dios es silencio y hasta los más queridos nos abandonan.
    Supieron hacer lectura de los hechos. Cuando la estrella se para ante la casa pobre, no se escandalizan y lo reconocen como Mesías. La mayoría del pueblo judío no fue capaz de hacer esta lectura. Y es que Dios es siempre sorprendente, se viste de sencillo y solo se manifiesta a los humildes y los pequeños.
    Luego “cayendo de rodillas lo adoraron”. No basta con ver. La fe es entrega y amor. Ellos, más que el oro, incienso y mirra, ofrecieron su corazón. Creyeron y adoraron.
    Tuvieron capacidad de cambio. Fueron capaces de volver por otro camino. Es cosa segura que Dios cambia siempre nuestros planes. Creer es vivir confiados en la inseguridad.
    Se transformaron: en el viaje de vuelta ya no necesitaban estrellas, porque la estrella la llevaban dentro. Era tal la luz y la alegría que recibieron, que ellos mismos se convirtieron en estrellas. Y por donde quiera que pasaban iban dando testimonio de lo que habían visto y oído. Fueron misioneros de la alegría y el amor.

    Pequeñas Semillitas

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