Cuando aún hay tiempo

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Cuando vengas al altar de Dios, inclina tu espíritu ante Él. No traspases la puerta del templo sin reconciliarte antes y descálzarte de todo lo que te impide caminar en su presencia. Si no lo haces así, pierdes muchas gracias espirituales. Al templo no se va para sustituir carencias personales, ni se va para distraerse. Al templo se va para un encuentro con Dios, para un encuentro con el Amor, pero para ello tienes que en la puerta desnudarte del orgullo que te ciega, de la soberbia que levanta una muralla entorno a ti, de la avaricia que te lleva a ocupar tu mente con preocupaciones inútiles, de la gula que valora tus sentidos por encima de tu espíritu. Cuando te desnudes de todo prejuicio, egoísmo, mala fe, rencor y odio, entonces ten por seguro que cada vez que entres en su templo es como si ya te deleitaras un poco en la futura dicha del cielo. Sólo desnuda podrás entenderlo, saborearlo y dejarte traspasar por este Amor que quiere habitar pleno en ti.

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